Hablar de los Malditos de Malakoy requiere hacerlo con sumo respeto. Conocer su presente y futuro precisa comprender su pasado. Para ello, debemos remontarnos a los principios de Saphir, antes de que los humanos fueran humanos, e incluso antes de que los Soimi fueran Soimi,… pero vayamos paso a paso.

El linaje de los Malakoy es uno de los primeros que pisaron la faz de Saphir, o al menos eso dicen los registros más antiguos. Cuando los cuatro dioses erigieron sus creaciones, Malesur el Dios del Viento dio forma a los Humanos, con cuerpos ágiles y esbeltos pero de fuerza y velocidad inferior a la de otras razas creadas por sus hermanos. Lo que sí creyó darles por encima del resto, era una inteligencia superior con la intención de que la balanza de la victoria se decantara a favor de Malesur aunque esto provocó también, que poseyeran en una marcada naturaleza arrogante.

Nada más recibir la energía vital de Salssa’el la Diosa de la Vida, Malesur se percató de su error. Los Humanos, los originales, los primeros, los que tenían que vencer unidos, en pocos años ya se habían dividido en dos tribus. Unos, denominados los Humanos de las Cavernas, se cobijaron en la cuevas de la Cordillera Septentrional de Golothar pensando que el refugio natural era lo más adecuado y sencillo. Otros, se mantuvieron en la superficie y construyeron refugios artificiales que les daban el mismo cobijo. Ambas facciones se enfrentaron por el simple hecho de demostrar su supremacía sobre la otra, por demostrar quién era más poderoso o… más inteligente. Esto desembocó en La Guerra de la Estupidez, así bautizada por el propio Dios Malesur, enojado al ver sus creaciones peleando entre sí. Cuando los Humanos de la Superficie derrotaron con facilidad e inteligencia a sus hermanos de las Cavernas la esperanza de victoria renació en la deidad. Si así derrotaron a sus hermanos, ¡qué no harían con sus enemigos!

Los vencidos, huyeron por los túneles de las Cordillera Septentrional para terminar en las profundidades de la Cordillera Central al sur oeste de Golothar. Con el paso del tiempo perdieron la humanidad, sus cuerpos cambiaron, así como sus mentes,… hoy son conocidos como los Carroñeros de las Profundidades.

Pero esta leyenda no trata de esos humanos, si no de los descendientes de los vencedores, de aquellos que prosperaron en la superficie. Trata del linaje de los Malakoy, del linaje de los Lieanhan y de otros muchos linajes que combatieron entre sí para construir un primer reinado, una primera época de gobierno estable.
Estas gestas de la Guerra de los Linajes quedan lejos y son confusas en la maraña del tiempo pasado, así que nos situaremos en los inicios conocidos a través de los primeros registros escritos en la época de Reinado de los Malakoy. Empezaremos allí donde el linaje de Malakoy, con el respaldo de otros, llegó a unificar los Humanos de la Superficie.

Durante mucho tiempo, la familia de los Malakoy gobernó con mano y puño firme. Su dureza y crueldad en el campo de batalla los erigieron como los más aptos para soportar el peso de la defensa de Darlime de los ataques que llegaban del norte de la Cordillera Septentrional. Los Soimi, hijos del Dios Kurgan, unos voraces y hambrientos seres que se alimentaban succionando la energía vital de todo ser de Darlime, incluidos los humanos.

De modo que, el favor ganado a espada para gobernar Darlime y los Humanos de la Superficie, se convirtió, a su vez, en una condena de constantes guerras y pérdidas de seres queridos. Pero fue un precio que los Malakoy aceptaron con estoicismo, orgullo e, incluso, altivez.

Así fue durante muchos lustros, el linaje Malakoy sellaba el Paso de la Guerra, un amplio cañón que cruzaba de sur a norte la Cordillera Septentrional y por donde los Soimi accedían a los territorios humanos en busca de su alimento. Este arduo menester obligó a los Malakoy a concentrar todo su ejército en su enorme y amurallado castillo, en la parte sur, del Paso de la Guerra. No obstante, también era requerida protección en el interior del Reino, en varios condados que otras familias habían ganado apoyando a los Malakoy en la Guerra de los Linajes. En dicha zona, Malakoy no confiaba en nadie más que en una organización aparentemente concebida de la nada: las Amazonas de Isha. Éstas guerreras, durante la época de Malakoy, forjaron un pacto estricto e inamovible mediante el cual se obligaban a proteger la parte interior del reino a cambio de ofrendas en forma de riquezas, propiedades y niñas para que dieran continuidad a la organización de las Amazonas. Esto creó muchas enemistades con otros linajes de ascendencia más noble y de antiguas tradiciones, que se resistieron a la decisión del linaje reinante y ofrecieron batalla a las nuevas protectoras del interior del Reino de Malakoy.

De todos estos linajes, hubo un linaje débil en apariencia que poseía el condado de Lerian, la región más escabrosa y cercana a la Cordillera Central, lugar donde los Decrépitos de las Cavernas infestaban las montañas. La organización supuestamente religiosa denominada Hermandad de los Cien Corazones fraguó una elaborada, astuta y duradera traición con la colaboración de los Humanos de las Cavernas, previamente vencidos en la Guerra de la Estupidez por los Humanos de la Superficie, y cuyo rencor por los linajes descendientes de sus enemigos de la superficie se había ido alimentando en la sombra.


La Gran Traición comenzó con un hostigamiento constante en las regiones más cercanas a la Cordillera Central, allí donde habitaban los Decrépitos de las Cavernas. La Hermandad solicitó seguridad y protección al Reinado de Malakoy que grata y confiadamente le ofreció. Sin embargo los no muy numerosos destacamentos de Amazonas que allí enviaba perecían con facilidad. A esto, se sumaron nuevas peticiones de protección en otros condados. Al parecer, animales humanoides aparecían por doquier desde la Cordillera Central para quemar y destruir todo lo que hallaban a su paso. Pronto, las Amazonas se vieron superadas y el Rey Malakoy tuvo que intervenir con su propio ejército. Para dar un golpe de gracia y acabar con el temor que los Decrépitos empezaban a provocar en su reino, confiado y arrogante mandó a su propio hijo Boryenka Malakoy a Lerian quien, junto a todo su destacamento, falleció en la defensa del condado. El Rey, que había abandonado las defensas del Paso de la Guerra con el grueso de todo su ejército al conocer las dificultades de su hijo. Viajó al sur hasta la ciudad de Lerian para devastar aquellos que tanto sufrimiento le habían provocado. En el Castillo de Malakoy apenas quedaron soldados que pudieran defender la posición en un eventual ataque de los Soimi. Waleska Malakoy, también se quedó allí con su prometido, un descendiente del Linaje Lerian.
Una vez en Lerian, el rey Malakoy se sorprendió al ver como aquellos parajes no parecían haber sufrido la misma ruina que el resto de condados atacados, lo que atribuyó a un milagro divino, quien habría dado buen cobijo a la devota organización religiosa. La Hermandad, solícita, informó a Malakoy del lugar desde el que se adentraban en el territorio del rey los Decrépitos de las Cavernas, las cercanas Cuevas del Olvido, donde su primogénito se estaba enfrentando a los constantes ataques de éstos.

Allí fue donde el Rey y el grueso de su ejército se dirigieron de inmediato. Al adentrarse en Las Cuevas del Olvido vieron frente a ellos a un numeroso pero no muy bien armado ejército de seres humanoides. La Hermandad finalmente mostró su auténtica naturaleza, puesto que no eran una organización religiosa sino un ejército armado y entrenado que les atacó por la retaguardia. El ejército de Malakoy se vio lanzando desordenadamente hacia los numerosos decrépitos. Desconcertado, el Rey Malakoy murió a manos de la Hermandad de los cien corazones.

Pero ésta no había terminado, el plan era más largo y llegaba hasta el Castillo de Malakoy. Su hija Waleska, conoció de la muerte de su padre a través de Anuris, su prometido, el mismo que había sido partícipe directo de toda aquella trama y que desvelaba sus auténticos intereses de venganza y traición.

Todo lo que pudo hacer Waleska es huir, esconderse, llorar, jurar que se vengaría. Sus dotes como hechicera mejoraron, fue entrenada por un poderoso mago, que falleció a manos de la misma Waleska, que tenía serias dificultades para canalizar su exceso de sed de venganza y extremada ira creciendo de forma continua en su interior. Con el paso del tiempo, su magia se tornó cada vez más oscura, peligrosa y dañina. Vivía en soledad, atormentada por sus pensamientos del pasado. Sólo pudo calmar su venganza al hallar un Drako que domó y se lo hizo suyo.

Durante tiempo vagando por Saphir, Waleska, la única superviviente del Linaje de los Malakoy, halló una isla sin nombre y que no aparecía en ningún mapa. Pero no estaba vacía. En ella vivía un pintoresco grupo marinero. Seres provenientes de todas las razas de Saphir convivían en un poblado costero de aquella isla. Al ser descubierta, inicialmente fue recibida con hostilidad pero sus dotes de hechicería y, sobre todo, la presencia del Drako no solo mitigó por completo la actitud de los lugareños sino que la veneraron como si una deidad se tratara.
Waleska conoció los motivos por los cuales, un grupo tan dispar y de razas anteriormente enemigas habitaban en comunión e, incluso camaradería. Todos ellos habían sido rechazados por sus estirpes y desterrados de su hábitat de vida natural. Sin duda, Waleska, vio en ellos lo que tanto había buscado. Al igual que en ella, un sentimiento de ira y venganza albergaba hasta las entrañas de todos ellos.

El poblado de renegados sobrevivía pescando y saqueando pequeños pueblos costeros y los convertía en Los Bukaneros, una sociedad sedienta de devastación a todas aquellas razas que los habían repudiado.

Tras haber logrado destruir pequeños poblados, sus expectativas y fortaleza crecían con cada ataque. De pequeños asentamientos costeros pasaron a puertos y ciudades de mayor calado. Hecho que despertó las alarmas en los gobernantes de Darlime para aquellos tiempos que, hastiados de tantos ataques decidieron salir en busca de tal amenaza.

Así es como los Bukaneros sufrieron un ataque en su propia isla, a ese asalto lo denominaron La Guerra de los Importantes. Sabían que por fin eran respetados y temidos, pero Waleska, conocedora del potencial enemigo y la peligrosidad de haber sido descubiertos, decidió que los Bukaneros abandonasen su isla.
El ingenio de Waleska junto con la astucia marinera y control de los buques, hizo que los Bukaneros crearan una isla flotante. Consistía en estructurar en plena mar y en muy poco tiempo, todas las embarcaciones, grandes y pequeñas, unidas entre sí para formar un seguido de calles y estancias que daban forma a una isla flotante con tabernas, mercados y plazas como los que se podrían hallar en cualquier poblado. Desde ese momento jamás permanecían en el mismo lugar mucho tiempo y siguieron sembrando el pánico en todas las costas de Darlime.

Sin embargo, el dolor por haber sido obligados a abandonar su lugar natal, motivó a Waleska y sus Bukaneros a instalar un poblado llamado Nasuga en pleno corazón de Golothar. Un asentamiento situado en las vastas e inexploradas Ciénagas del continente poblado por los hijos de Malesur y Kurgan. Un lugar desde donde reclutar a todo repudiado por su sociedad y un emplazamiento perfecto para acometer todo tipo de fechorías.

Mientras tanto, Jeryk Malakoy y su hijo Boryenka, tras lustros descomponiéndose en las cuevas del olvido, habían sido reanimados junto a su ejército por la mismísima diosa Salssa’el, quien les había vuelto a insuflar la vida para vengarse de las creaciones de sus hermanos. Animado por la energía vital de su hija, surcaban los mares de Saphir en su navío hasta conseguir hallarla. El amor paterno-filial se había visto aún más fortalecido durante aquellos años de separación y tanto ella como los valerosos Bukaneros que la acompañaban, se unieron a la causa de su padre y hermano, formando el temido ejército de los Malditos de Malakoy.

Desde entonces y hasta ahora, los Malditos de Malakoy siembran el terror por allí donde pasan. Cubren con manto de sangre y muerte ciudades y poblados. Sus acciones corren entre la población de Darlime como el agua en el lecho de un río. El pánico a los Malditos se cierne por todos los recodos, incluso más allá de las fronteras de los reinos humanos. En los Picos de Kurgan ya han conocido el horror de los Malditos de Malakoy, las Manadas de Urueh ya han sido testigo de las sombras que se propagan y apagan el fuego de los hijos de Kazag.

No obstante, no lo hacen con pocos problemas, ya que sus cuerpos reanimados carecen de vida natural y se degeneran con el paso del tiempo. Motivo por el cual han desarrollado tótems que permiten frenar dicha degeneración. Sin embargo, requieren muchos de ellos y no son fáciles de transportar. Es por eso, que su avance se ha hecho más paulatino. A medida que lo hacen, establecen puntos de protección en fortificaciones y castillos donde implantan un cuidad tejido de trampas arcanas para proteger los venerados e imprescindibles tótems para la supervivencia de las Huestes de Boryenka.

A pesar de todo ello, lo único que está claro, es que nada es ni será como ha sido.